sábado, 5 de enero de 2013

XI) LOS PROBLEMAS EMOCIONALES: 49. El Pesar


Quebrantan las fuerzas vitales.-
Las penas, la ansiedad, el descontento, el remordimiento, el sentimiento de culpabilidad y la desconfianza menoscaban las fuerzas vitales, y llevan al decaimiento y a la muerte. . . El valor, la esperanza, la fe, la simpatía y el amor fomentan la salud y alargan la vida.­ MC 185 (1905).
Impide la circulación.-
El pesar disminuye la circulación en los vasos sanguíneos y los nervios, y también retarda la acción del hígado. Obstaculiza el proceso de la digestión y la nutrición, y tiene la tendencia de secar la médula [sustancia interior] de todo el organismo.­ Carta 1, 1883.
No pueden remediar ni un solo mal.-
Si bien el pesar y la ansiedad no pueden remediar un solo mal, pueden causar mucho daño; pero la alegría y la esperanza, mientras iluminan la senda de los demás, "son vida a los que las hallan, y medicina a toda su carne" (Prov. 4: 22).­ HAd 391 (1885).

Se ha hecho provisión para cada circunstancia.-
No hemos  de consentir en que el futuro, con sus dificultosos problemas y sus perspectivas nada halagüeñas, nos debilite el corazón, haga flaquear nuestras rodillas y nos corte los brazos. "Echen mano. . . de mi fortaleza ­ dice el Poderoso,­ y hagan paz conmigo. ¡Sí, que hagan paz conmigo!" (Isa. 27: 5, VM). Los que dedican su vida a ser dirigidos por Dios y a servirlo, no se verán jamás en situación para la cual él no haya provisto el remedio. Cualquiera sea nuestra condición, si somos hacedores de su Palabra, tenemos un Guía que nos señala el camino; cualquiera sea nuestra perplejidad, tenemos un buen Consejero; cualquiera sea nuestra perplejidad, nuestro pesar, luto o soledad, tenemos un Amigo que simpatiza con nosotros.­ MC 192 (1905).
Cuando se anticipan las dificultades, se duplica el peso de la carga.-
Estamos en un mundo donde impera el sufrimiento. Dificultades, pruebas y tristezas nos esperan a cada paso mientras vamos hacia la patria celestial. Pero muchos agravan el peso de la vida al cargarse continuamente de antemano con aflicciones. Si encuentran adversidad o desengaño en su camino, se figuran que todo marcha hacia la ruina, que su suerte es la más dura de todas, y que se hunden seguramente en la miseria. Así atraen la desdicha y arrojan sombras sobre cuanto los rodea. La vida se vuelve una carga para ellos.
Pero no es menester que así sea. Tendrán que hacer un esfuerzo resuelto para cambiar el curso de sus pensamientos. Pero el cambio es realizable. Su felicidad, para esta vida y para la venidera, depende de que fijen su atención en cosas alegres. Dejen ya de contemplar los cuadros lóbregos de su imaginación; consideren más bien los beneficios que Dios esparció en su senda, y más allá de éstos, los invisibles y eternos.­ MC 191 (1905).
Cuando se proyecta una sombra.-
No es bueno reunir todos los recuerdos desagradables de la vida pasada, sus iniquidades y desengaños, hablar de estos recuerdos y llorarlos  hasta estar abrumados de desaliento. Un alma desalentada está llena de tinieblas, impide que a su propio corazón llegue la luz divina, y proyecta sombra en el camino de los otros.­ CC 119 (1892).

Hablemos más de las bendiciones y menos de las pruebas.-
Es grande la misericordiosa bondad con que el Señor nos trata. Nunca dejará ni olvidará a los que confían en él. Si pensáramos y habláramos menos de nuestras pruebas, y más de la misericordia y la bondad de Dios, nos sobrepondríamos a una buena parte de nuestra tristeza y perplejidad. Hermanos míos que pensáis que estáis entrando en la senda tenebrosa, y que tal como los cautivos de Babilonia debéis colgar vuestras arpas sobre los sauces, convirtamos la prueba en un canto de gozo.
Podéis decir: ¿Cómo puedo cantar con una perspectiva tan oscura delante de mí, con esta carga de aflicción y dolor sobre mi alma? ¿Pero nos han privado las aflicciones terrenales del Amigo todopoderoso que tenemos en Jesús? El maravilloso amor de Dios manifestado en el don de su amado Hijo, ¿no debería ser constantemente un tema de gozo? Cuando llevemos nuestras peticiones al trono de la gracia, no olvidemos de ofrecer también himnos de agradecimiento. "El que sacrifica alabanza me honrará" (Sal. 50: 23). La vida eterna de nuestro Salvador nos proporciona un motivo constante de gratitud y alabanza.­ 2MS 307 (1881).
Dejen a un lado ese dolor incontrolable (consejo a una familia doliente).-
Tal como Job, Uds. creían que tenían razón para estar apesadumbrados y no querían que se los consolara. ¿Era razonable eso? Uds. saben que la muerte es un poder que no se puede resistir; no obstante, han llevado sus vidas al borde de la inutilidad como consecuencia de ese pesar que no conduce a nada. Los sentimientos de Uds. han sido poco menos que rebelión contra Dios. Vi que todos Uds. se concentraban en su dolor, y daban rienda suelta a sus sentimientos y a su excitación, hasta que sus ruidosas  demostraciones de pesar inducían a los ángeles a ocultar sus rostros y a apartarse de ese lugar.
Mientras daban rienda suelta a sus sentimientos, ¿se acordaron de que tienen un Padre en el cielo que dio a su Hijo unigénito para que muriera por nosotros, de manera que la muerte no fuera un sueño eterno? ¿Recordaron que el Señor de la vida y la gloria pasó por la tumba y la iluminó con su presencia? El discípulo amado dijo: "Escribe: Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen". El apóstol sabía muy bien de qué estaba hablando cuando escribió estas palabras; pero cuando Uds. le dan rienda suelta a ese dolor incontrolable, ¿es consistente la conducta de Uds. con el consuelo que expresan?­ 5T 313 (1885).
Concentrarse en uno mismo es egoísmo (consejo a un pastor afligido).-
Ahora bien, Hno._______, es una especie de egoísmo de su parte mantener la mente concentrada en Ud. mismo. Esto no se parece en nada a lo que dijo el apóstol Pablo, que aunque era un hombre con debilidades, él mismo no era para nada el tema de sus pensamientos. Pasó por pruebas que Ud. nunca ha experimentado y nunca tendrá que soportar, y sin embargo apartó sus pensamientos de ellas; no se concentró en ellas sino que magnificó la gracia de Dios.
Su esposa fue objeto de enfermedad y muerte. Su pesar fue tan intenso como todas sus demás dificultades. Ud. estrechó el pesar junto a su pecho; le gustaba concentrarse en él, y permitió que su mente y sus pensamientos se ocuparan egoístamente de su pesar, y como consecuencia de ello su salud sufrió. Después falleció su hija y ciertamente ese fue un golpe terrible, pero otros han pasado por lo mismo bajo circunstancias mucho más difíciles. Ud. permitió que esta aflicción lo hiciera perder el control; se concentró en ella, habló acerca de ella, oprimió su alma con un asunto que no puede cambiar ni impedir. Es pecado encarar cualquiera de esas aflicciones como Ud. lo ha hecho. Yo sé de qué estoy hablando. Si se permite que la mente se sumerja en una nube de pesar, el alimento no se digiere y como resultado de ello el organismo no se nutre bien.­ Carta 1, 1883.

El pesar hace que la sangre acuda al cerebro (una experiencia personal).-
Mientras me dedicaba a hablar y a escribir, recibí cartas desanimadoras de Battle Creek. Al leerlas sentí una inexpresable depresión de espíritu, que casi era agonía mental, y me pareció que por un corto lapso paralizó mis energías vitales. Durante tres noches casi no dormí. Mis pensamientos estaban perturbados y perplejos.
Oculté mis sentimientos lo mejor que pude de mi esposo y de la familia de simpatizantes con la cual estábamos. Nadie se enteró de mi pesar ni de mi aflicción mental cuando me unía con la familia en los cultos matutinos y vespertinos, y trataba de despositar mi preocupación en el gran Portador de cargas. Pero mis peticiones provenían de un corazón abrumado por la angustia, y mis oraciones estaban rotas y desarticuladas por causa de un dolor incontrolable. La sangre acudía a mi cerebro, y con frecuencia me causaba mareos y casi me caía. A menudo tenía hemorragias nasales, especialmente después de hacer un esfuerzo para escribir. Me veía obligada a dejar de escribir, pero no podía desligarme de la carga de ansiedad y responsabilidad que yacía sobre mí.­ 1T 576, 577 (1867).
Qué hacer con el pesar.-
¿Se siente hoy lleno de pesar? Fije sus ojos en el Sol de justicia. No trate de solucionar todas las dificultades; en cambio, vuelva su rostro a la luz, al trono de Dios. ¿Qué ve allí? El arco iris del pacto, la viviente promesa de Dios. Debajo está el propiciatorio, y quien se apropia de las provisiones de misericordia que han sido hechas, y se apodera de los méritos de la vida y la muerte de Cristo, tiene en el arco iris de la promesa la bendita seguridad de la aceptación del Padre mientras exista el trono de Dios.
Lo que usted necesita es fe. No permita que su fe vacile. Libre la buena batalla de la fe y eche mano de la vida eterna Será una batalla tremenda, pero líbrela a cualquier costo, porque las promesas de Dios son sí y amen en Cristo Jesús. Ponga su mano en la de Cristo. Habrá dificultades que vencer, pero ángeles que sobresalen en fortaleza cooperarán con el pueblo de Dios. Dirija su mirada hacia Sion, ábrase paso hacia la ciudad de las solemnidades. Una gloriosa corona y una túnica tejida en el telar del cielo aguardan al vencedor. Aunque Satanás proyecte su sombra infernal sobre su senda, y trate de ocultar de su vista la mística escalera que se extiende entre la tierra y el trono de Dios, por la cual ascienden y descienden los ángeles que son espíritus ministradores para los que serán herederos de la salvación, ábrase paso hacia las alturas, ponga firmemente su pie en un peldaño tras otro, y avance en dirección del trono del Infinito.­ Ms 23, sin fecha.
Los simpatizantes no siempre son amigos.-
Si los que lo rodean pertenecen a esa clase de gente que no trata de desviar su conversación ni el curso de sus pensamientos; si simpatizan con todas sus impresiones como si fueran realidad, mientras menos trato tenga con ellos, mejor. No son amigos suyos, sino sus peores enemigos. El Señor querría que Ud. fuera alegre. Ud. ha sepultado algunos amigos queridos; lo mismo me ha ocurrido a mí; pero no me atrevo a preguntar: ¿Por qué me has arrojado al horno? ¿Por qué he tenido que pasar por aflicciones una y otra vez? La respuesta me llega por medio de estas palabras: "Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después" (Juan 13: 7).
Los propósitos de Dios a menudo están velados en misterio; son incomprensibles para las mentes finitas; pero el que ve el fin desde el principio sabe más que nosotros. Lo que necesitamos es purificarnos de todo lo terrenal, perfeccionar nuestro carácter cristiano para que seamos investidos del manto de la justicia de Cristo.­ Carta 1, 1883.

El trabajo en favor de los demás disminuye el dolor.-
El apóstol [Pablo] se olvidó de los sufrimientos que lo aguardaban gracias a su solicitud por los que iba a dejar solos, para que hicieran frente al prejuicio, el odio y la persecución. Trató de fortalecer y animar a los pocos cristianos que lo acompañaron al lugar de su ejecución, mediante la repetición de las promesas dadas a los que son perseguidos por causa de la justicia. Les aseguró que nada les faltaría de todo lo que el Señor había dicho con respecto a sus hijos probados y fieles.
Por un poco de tiempo ellos pueden estar abrumados por muchas tentaciones; pueden estar desprovistos de comodidades terrenales; pero pueden animar sus corazones con la seguridad de la fidelidad de Dios, al decir: "Yo sé en quién he creído, y estoy seguro de que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día". La noche de prueba y sufrimiento pronto pasará, y entonces amanecerá la mañana feliz de paz y perfección.­ RH, 4 de enero de 1912.
Los mejores consoladores.-
Los que han padecido las mayores aflicciones, con frecuencia son los que están en condiciones de proporcionar mayor consuelo a otros, porque irradian luz dondequiera que vayan. Tales personas han sido purificadas y suavizadas por sus aflicciones; no perdieron su confianza en Dios cuando los problemas las asediaban, sino que se refugiaron más profundamente en su amor protector. Tales personas constituyen una prueba viviente del tierno cuidado de Dios, quien produce tanto las tinieblas como la luz, y castiga para nuestro bien. Cristo es la luz del mundo, y en él no hay tinieblas. ¡Oh, luz preciosa! ¡Vivamos en la luz! Decid adiós a la tristeza y la aflicción. Regocijaos siempre en el Señor; vuelvo a deciros: Regocijaos.­ 2MS 313, 314 (1877).
Un antídoto para el pesar.-
Dios ha provisto un bálsamo para cada herida. Hay un bálsamo en Galaad, y también hay un médico allí. ¿No estudiaréis las Escrituras como nunca  antes? Buscad al Señor para que os proporcione sabiduría para cada emergencia. En cada prueba rogad a Jesús que os muestre el camino que os hará salir de vuestros problemas, y entonces vuestros ojos serán abiertos para que contempléis el remedio y apliquéis a vuestro caso las promesas sanadoras registradas en su Palabra.
En esta forma el enemigo no encontrará lugar para induciros a lamentaros y a ser incrédulos; pero en lugar de esto tendréis fe, esperanza y valor en el Señor. El Espíritu Santo os dará un claro discernimiento para que veáis y os apropiéis de cada bendición que servirá de antídoto contra la aflicción, como una rama sanadora para cada gota de amargura que se vierta en vuestros labios. Cada gota de amargura será mezclada con el amor de Jesús, y en vez de quejaros debido a la aflicción, comprenderéis que el amor y la gracia de Jesús están tan mezclados con el pesar, que éste se ha convertido en un gozo humilde y santificado.­ 2MS 312, 313 (1894).

La separación de Dios produce angustia en el alma.-
La angustia de la separación del favor de su Padre fue lo que hizo que los sufrimientos de Cristo fueran tan agudos. Cuando la agonía del alma descendió sobre él, "era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra" (Luc. 22: 44). Su terrible angustia, producida por el pensamiento de que en su hora de necesidad Dios lo había abandonado, preanuncia la angustia que va a sentir el pecador cuando se dé cuenta, demasiado tarde, de que el Espíritu de Dios se ha apartado de él.­ Ms 134, 1905.
Lo entenderemos cuando estemos en el paraíso.-
La tierra tiene una historia que el hombre no comprenderá hasta que camine con el Redentor en el paraíso de Dios. "Porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos" (Apoc. 7: 17).­ Ms 28, 1898.

 (Mente, Carácter y Personalidad 2 de E.G. de White)

XI) LOS PROBLEMAS EMOCIONALES: 48. “La Culpa”


La culpa malogra las fuerzas vitales.-
Las penas, la ansiedad, el descontento, el remordimiento, el sentimiento de culpabilidad y la desconfianza menoscaban las fuerzas vitales, y llevan al decaimiento y a la muerte.­ MC 185 (1905).
Cómo liberarse de la culpa.-
Este sentimiento de culpa debe ser depositado a los pies de la cruz del Calvario. La sensación de pecaminosidad ha emponzoñado las fuentes de la vida y de la verdadera felicidad. Pero ahora Jesús le dice: Deposítalo todo en mí; yo tomaré tus pecados, te daré paz. No sigas destruyendo tu respeto propio, porque yo te he comprado por el precio de mi propia sangre. Eres mío; fortaleceré tu voluntad debilitada; eliminaré el remordimiento que te causa el pecado.
Por lo tanto, vuelva su corazón, tembloroso por causa de la incertidumbre, y aférrese de la esperanza que se le extiende. Dios acepta su corazón quebrantado y contrito. Le ofrece ampliamente el perdón. Le ofrece adoptarlo en el seno de su familia, y le ofrece su gracia que lo ayudará en sus debilidades; y el amado Jesús lo conducirá paso a paso si Ud. está dispuesto a poner su mano en la suya y dejar que lo guíe.­ Carta 38, 1887.
Jesús perdona a pesar de la culpa.-
Satanás trata de apartar nuestra mente del poderoso Ayudador para inducirnos a pensar en la degeneración de nuestra alma. Pero aunque Jesús ve la culpa del pasado, pronuncia palabras de perdón, y no debemos deshonrarlo dudando de su amor.­TM 518 (1914).

Su amor libera de la culpa.-
El amor que Cristo infunde en todo nuestro ser es un poder vivificante. Da salud a cada una de las partes vitales: el cerebro, el corazón y los nervios. Por su medio las energías más potentes de nuestro ser despiertan y entran en actividad. Libera al alma de culpa y tristeza, de la ansiedad y congoja que agotan las fuerzas de la vida. Con él vienen la serenidad y la calma. Implanta en el alma un gozo que nada en la tierra puede destruir: el gozo que hay en el Espíritu Santo, un gozo que da salud y vida.­ MC 78 (1905).
El mayor pecador necesita al mayor Salvador.-
Si Ud. cree que es el mayor de los pecadores, lo que necesita es Cristo; el mayor de los salvadores. Levante la cabeza y contemple fuera de sí mismo, más allá de su pecado, al Salvador levantado; más allá de la venenosa mordedura de la serpiente, al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.­ Carta 98, 1893.
El dará descanso.-
El llevó el peso de nuestra culpa. También quitará la carga de nuestros hombros cansados. Nos dará descanso. Llevará por nosotros la carga de nuestros cuidados y penas. Nos invita a echar sobre él todos nuestros afanes; pues nos lleva en su corazón.­ MC 47 (1905).

No todos los pecados son de la misma magnitud.-
No todos los pecados son de igual magnitud delante de Dios; hay diferencia de pecados a su juicio, como la hay a juicio de los hombres; sin embargo, aunque este o aquel acto malo puedan parecer frívolos a los ojos de los hombres, ningún  pecado es pequeño a la vista de Dios. El juicio de los hombres es parcial e imperfecto; mas Dios ve todas las cosas como realmente son. El borracho es detestado y se le dice que su pecado lo excluirá del cielo, mientras que el orgullo, el egoísmo y la codicia pasan muchísimas veces sin condenarse. Sin embargo, éstos son pecados que ofenden especialmente a Dios; porque son contrarios a la benevolencia de su carácter, a ese amor desinteresado que es la atmósfera misma del universo que no ha caído. El que cae en alguno de los pecados más groseros puede avergonzarse y sentir su pobreza y necesidad de la gracia de Cristo; pero el orgullo no siente ninguna necesidad y así cierra el corazón a Cristo y a las infinitas bendiciones que él vino a derramar.­ CC 28, 29 (1892).
El culpable necesita un enfoque positivo.-
Nadie mejorará nunca mediante la acusación y la recriminación. Hablarle de su culpa al alma tentada no le inspirará la determinación de mejorar. Al equivocado y desanimado señálele a Aquel que es capaz de salvar hasta lo sumo a todos los que acuden a él. Muéstrele lo que puede llegar a ser. Dígale que en él no hay nada que lo pueda recomendar a Dios, pero que Cristo murió para que él pudiera ser aceptado por el Amado. Transmítale esperanza, mostrándole que en Cristo hay fuerza para obrar mejor. Ponga delante de él las posibilidades que el Cielo le da. Señálele las alturas que puede alcanzar. Ayúdele a aferrarse de la misericordia del Señor, a confiar en su poder perdonador. Jesús está esperando para tomarlo de la mano, para darle poder a fin de vivir una vida noble y virtuosa.­ Ms 2, 1903.
Satanás infunde sentimiento de culpa.-
El pueblo de Dios está representado aquí [Zacarías capítulo 3] por un criminal en el juicio. Josué, como sumo sacerdote, está pidiendo una bendición para su pueblo, que está en gran aflicción. Mientras está intercediendo delante de Dios, Satanás está a su diestra como adversario suyo. Acusa a los hijos de Dios,  y hace aparecer su caso tan desesperado como sea posible. Presenta delante del Señor sus malas acciones y defectos. Muestra sus faltas y fracasos, esperando que aparezcan de tal carácter a los ojos de Cristo que él no les preste ayuda en su gran necesidad. Josué, como representante del pueblo de Dios. está bajo la condenación, vestido de ropas inmundas. Consciente de los pecados de su pueblo, se siente abatido por el desaliento. Satanás oprime su alma con una sensación de culpabilidad que lo hace sentirse casi sin esperanza. Sin embargo, ahí está como suplicante, frente a la oposición de Satanás.­ PVGM 131 (ed. PP); 115 (ed. ACES) (1900).

No reclamó las promesas de Dios.-
Desde entonces he pensado que muchos de los pacientes internados en los asilos de enfermos mentales, fueron llevados allí por experiencias similares a la mía. Sus conciencias estaban heridas por la sensación de pecado, y su fe temblorosa no se atrevía a reclamar las promesas del perdón de Dios. Escuchaban las descripciones del infierno enseñado por la ortodoxia, hasta que les parecía que la misma sangre se les coagulaba en las venas, y grababa a fuego una impresión en las tablas de su memoria. Despiertos o dormidos, el terrible cuadro estaba siempre delante de ellos, hasta que la realidad se perdió en la imaginación. y sólo podían ver las llamas ondulantes de un infierno fabuloso, y podían oír sólo los agudos gritos de los condenados. La razón fue destronada, y el cerebro se llenó de la salvaje fantasía de un sueño terrible. Los que enseñan la doctrina del infierno eterno harían bien en investigar más detenidamente cuál es la autoridad que refrenda una creencia tan cruel.­ 1T 25, 26 (1855).
Las crisis a menudo indican la Fuente de fortaleza.-
Dios a menudo conduce a los hombres a una crisis para mostrarles cuáles son sus debilidades, y para señalarles la Fuente de la fortaleza. Si oran y velan en oración, y luchan con valentía, sus puntos débiles se convertirán en puntos fuertes.  La experiencia de Jacob contiene varias lecciones valiosas para nosotros. Dios le enseñó que con su propia fuerza nunca lograría la victoria, y que tenía que luchar con Dios para alcanzar fuerza de lo alto.­ Ms 2, 1903.
Recordemos la gracia de Cristo.-
Cuando Jacob pecó, engañando a Esaú, y huyó de la casa de su padre, estaba abrumado por el sentimiento de culpa. Solo y abandonado como estaba, separado de todo lo que le hacía preciosa la vida, el único pensamiento que sobre todos los otros oprimía su alma, era el temor de que su pecado lo hubiera apartado de Dios, que fuese abandonado del cielo.
En medio de su tristeza, se recostó para descansar sobre la tierra desnuda. Lo rodeaban sólo las solitarias montañas, y la bóveda celeste lo cubría con su manto de estrellas. Mientras dormía, una luz extraordinaria se le apareció en su sueño; y he aquí, de la llanura donde estaba recostado, una inmensa escalera simbólica parecía conducir a lo alto, hasta las mismas puertas del cielo, y los ángeles de Dios subían y descendían por ella; al paso que de la gloria de las alturas se oyó la voz divina que pronunciaba un mensaje de consuelo y esperanza. Así hizo Dios conocer a Jacob aquello que satisfacía la necesidad y el ansia de su alma: un Salvador. Con gozo y gratitud vio revelado un camino por el cual él, como pecador, podía ser restaurado a la comunión con Dios. La mística escalera de su sueño representaba a Jesús, el único medio de comunicación entre Dios y el hombre.­ CC 18, 19 (1892).

La culpa es causa de muchas enfermedades.-
El paralítico halló en Cristo curación, tanto para el alma como para el cuerpo. La curación espiritual fue seguida por la restauración física. Esta lección no debe ser pasada por alto. Hay hoy día miles que están sufriendo de enfermedad física y que, como el paralítico, están anhelando el mensaje: "Tus pecados te son perdonados". La carga de pecado, con su intranquilidad y deseos no satisfechos es el fundamento de  sus enfermedades. No pueden hallar alivio hasta que vengan al Médico del alma. La paz que él sólo puede dar, impartiría vigor a la mente y salud al cuerpo.­ DTG 235, 236 (1898).
La ignorancia no elimina la culpa.­
Si hubiesen sabido que estaban torturando a Aquel que había venido para salvar a la raza pecaminosa de la ruina eterna, el remordimiento y el horror se habrían apoderado de ellos. Pero su ignorancia no suprimió su culpabilidad, porque habían tenido el privilegio de conocer y aceptar a Jesús como su Salvador.­ DTG 694 (1898).
La gravedad de la culpa no disminuye al excusar el pecado.-
No deberíamos tratar de disminuir la gravedad de la culpa excusando el pecado. Debemos aceptar la evaluación que Dios hace del pecado, y ésta es ciertamente muy seria. Sólo el Calvario puede revelar la enormidad del pecado. Si tuviéramos que soportar nuestra propia culpa, ésta nos aplastaría. Pero quien no tuvo pecado tomó nuestro lugar; aunque no lo merecíamos, llevó nuestra iniquidad. "Si confesamos nuestros pecados, él [Dios] es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad" (1 Juan 1: 9).­ Ms 116, 1896.

Las almas humilladas reconocen la culpa.-
Los que no han humillado sus almas delante de Dios mediante el reconocimiento de su culpa, no han cumplido todavía la primera condición de la aceptación. Si no hemos experimentado el arrepentimiento, del cual no hay que arrepentirse, y no hemos confesado nuestro pecado con verdadera humillación del alma y con un espíritu quebrantado, aborreciendo nuestra iniquidad, nunca hemos procurado verdaderamente el perdón del pecado; y si no lo hemos buscado nunca, nunca hemos encontrado tampoco la paz de Dios. La única razón por la cual posiblemente no hemos recibido la remisión de los pecados pasados, consiste en que no hemos estado dispuestos  a humillar nuestros orgullosos corazones y a cumplir las condiciones de la palabra de verdad.
Se ha dado instrucción definida respecto de este asunto. La confesión del pecado, ya sea en público o en privado, debe provenir del corazón y debe ser expresada libremente. No se la debe extraer del pecador. No se la debe hacer con ligereza y en forma descuidada, o extraída a la fuerza de gente que no tiene una clara idea del carácter aborrecible del pecado. La confesión mezclada con lágrimas y dolor, que brota de lo más profundo del alma, encuentra el camino que conduce al Dios de infinita piedad. Dice el salmista: "Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu".­ 5T 636, 637 (1889).
Esencial para eliminar el pecado.-
Aquí es donde Ud. cae en condenación: Ud. continúa en pecado. Con la fuerza de Cristo deje de pecar. Se ha hecho toda provisión para que la gracia more en Ud., para que el pecado aparezca siempre tan odioso como es, es decir, como pecado. "Si alguno peca", no debe abandonarse a la desesperación ni hablar como si estuviera perdido para Cristo.­ Carta 41, 1893.
Dios perdona a todos los que acuden a él.-
Dios condena justicieramente a todo el que no hace de Cristo su Salvador personal, pero perdona a cada alma que acude a él con fe, y la capacita para realizar las obras de Dios y para ser una con Cristo por la fe. . . El Señor ha provisto todo lo necesario para que el hombre pueda alcanzar la salvación plena y gratuita, y sea completo en él. El propósito de Dios es que sus hijos tengan los brillantes rayos del Sol de justicia, que todos tengan la luz de la verdad. Dios ha proporcionado la salvación al mundo a un costo infinito, nada menos que la dádiva de su Hijo unigénito. El apóstol pregunta: "El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?" (Rom. 8: 32). Por lo tanto, si no somos salvados, la  falta no será de Dios, sino nuestra por haber dejado de cooperar con los instrumentos divinos. Nuestra voluntad no ha coincidido con la voluntad de Dios.­ 1MS 440 (1892).

Esperanza para todos*
Nadie tiene por qué entregarse al desaliento ni a la desesperación. Puede Satanás presentarse a ti, insinuándote despiadadamente: "Tu caso es desesperado. No tienes redención". Hay sin embargo esperanza en Cristo para ti. Dios no nos exige que venzamos con nuestras propias fuerzas. Nos invita a que nos pongamos muy junto a él. Cualesquiera sean las dificultades que nos abrumen y que opriman alma y cuerpo, Dios aguarda para liberarnos.­MC 192 (1905).

(Mente, Carácter y Personalidad 2 de E.G. de White)