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lunes, 13 de junio de 2011

12. “La Fuerza de los Mansos”


"Bienaventurados los mansos, porque ellos 
recibirán la tierra por heredad" (Mateo 5: 5).

La mansedumbre es una cualidad que según nos convenga, apreciamos y valoramos en los otros, pero que pocas veces nos interesa tener. ¿Por qué? ¿Qué ventajas ofrece al que la practica?
Escribe Miguel Juste Iribarren: “En las afueras de El Aaiun hay un arco blanco que da entrada al acuartelamiento del Tercio Juan de Austria. Al pie, como una flecha clavada en la arena del desierto, un legionario inmóvil hace centinela. Mira al desierto, frontera sur de España, que todavía se alarga casi 2.000 kilómetros hacia abajo. Larga, inmensa, solitaria frontera; dunas y dunas, árida tierra idéntica a sí misma, apta sólo para morir. . . para morir quién sabe por qué”. Y agrega: “De una cosa, sólo de una, estoy seguro: aquel legionario inmóvil de la frontera ignorada. . . sólo se moverá de allí, vivo, si se lo ordena un superior. . . Él no entiende de sutilezas ni necesita entenderlas. Obedece. Es su tremenda gloria”.
Mientras leíamos estas líneas de Juste Iribarren, no podíamos menos que pensar en la también tremenda mansedumbre del legionario aquel. En días como los nuestros, la obediencia absoluta, la disciplina ciega, la sumisión total, no es artículo común. A veces, hasta se la asocia con la debilidad, la cobardía y el servilismo. Mal se tiene por manso al que se calla porque no se atreve a hablar, al que se las aguanta porque no se anima a oponerse por temor a que le venga algo peor. Pero esta no es la cara, sino la careta del la mansedumbre.
La mansedumbre genuina requiere valor, humildad y dominio propio. Es en esencia, docilidad, disposición a ser enseñado. Y es –referida a los animales– la característica que los hace aptos para servir como guías de otros. Podríamos, pues, por extensión, decir que no sólo conviene al soldado o al subalterno, sino también al jefe, al líder, al dirigente de toda empresa o asociación.
No en vano, Jesús dijo: “Bienaventurados los mansos porque ellos recibirán la tierra por heredad” (S. Mateo 5: 5). Él no se refería a una tierra árida en la que se muere sin saber por qué. Hablaba con seguridad. Sabía qué cosa prometía, a quiénes, y por qué. Hablaba de la tierra prometida, del reino que él instaurará cuando vuelva. Y también se refería al hecho de que los mansos, porque saben guiar a su rebaño, siempre llegan a la meta. Son el ejército del Supremo manso que dijo: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. . .” (Mateo 11: 29). 
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domingo, 12 de junio de 2011

11. “Luz Amarilla”


Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios (S. Lucas 21:31).

En muchos aspectos, la vida es más grata en nuestra épocas. Hay más posibilidades educacionales; más comodidades y bienestar. Pero también, más inmoralidad y violencia. ¿Qué significa este contrasentido? ¿Adónde nos conduce? ¿Podremos detener su marcha?

Raúl Oscar Abdala comentaba en un interesante y simpático artículo, “aquello que la gente ha dejado de ver como malo”. Subrayaba al respecto los pro y contra de esta nueva manera de mirar. “La vida –decía– . . . es ahora menos rígida, convencional y aparatosa . . . con menos vallas incomunicantes y mucho menor carga de ceremonial”.

Coincidimos: esta liberación de prejuicios es positiva. Pero –y volvemos a Abdala– “lleva en ancas su propio defecto”. “Enfermas de un daltonismo ético y estético que confunde en un solo color lo bueno y lo malo, lo feo y lo bello, las masas no distinguen nada reprensible –es decir: están a un paso de aprobarlo con entusiasmo– en la violencia y la perversidad que se enseñorean de las calles; en la brutalidad, la necedad y el cinismo; en la orfandad de recato y finura en las relaciones eróticas; en el cruel desapego de padres e hijos, de esposos y hermanos . . . “

Abdala ve en nuestra época: “luz verde para todo”. Pero la Biblia indica: “Esto también sepas, que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos: que habrá hombres avaros, vanagloriosos, soberbios, detractores, desobedientes a los padres, ingratos, sin santidad, sin afecto, desleales, calumniadores, destemplados, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, arrebatados, hinchados, amadores de los deleites más que de Dios; teniendo apariencia de piedad, mas habiendo negado la eficacia de ella” (2 Timoteo 3:1-5).

La profecía se está cumpliendo. Aunque malos, los tiempos peligrosos que vivimos, tienen en sí mismos un punto positivo: nos advierten de los que vendrá. Jesús dijo: “cuando viereis estas cosas entended que está cerca el reino de Dios” (S. Lucas 21:31). La luz no es verde, es amarilla: ¡precaución! Pronto será roja.

 Y todos tendremos que detenernos para dar paso al cortejo más impresionante de la historia: el Señor Jesucristo, quien vendrá con sus ángeles. Y dará entonces luz verde a la eternidad a todos lo que habrán creído en su nombre y se habrán atrevido a ser hombres buenos en tiempos malos. Amiga, amigo mío, ese hombre, esa mujer puedes ser tú:
 ¿lo crees?

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10. “La Religión Pura y Sin Mancha”


La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha en este mundo” (Santiago 1:27).

Viuda y huérfano son palabras que tememos por el tremendo dolor que conllevan. Sin embargo, son inevitables. Hay que hacerles frente. Pero la pregunta es “cómo”. ¿Cómo no dejar llevarse por la rebeldía y la desesperanza? ¿Cómo no caer en la angustia y la autocompasión? ¿Cómo aprender a ser fuerte, y volver a la alegría?

“Es difícil golpear ciertas puertas, sí. Pero vale la pena golpearlas más de una vez. Porque detrás suele haber un ejemplo que nos sirve a todos”. Así comentaba la revista “Gente”, el porqué de su entrevista a la señora María Susana de San Martín Larrabure, por entonces reciente viuda del coronel Argentino del Valle Larrabure, quien después de un año de secuestro y martirio había sido asesinado en agosto de 1975.
Queremos de aquella nota extraer sólo unas líneas: palabras que fueron de la señora Larrabure, pero que también son o pueden ser las de otras muchas mujeres que en una u otra manera han perdido a sus esposos, y están solas.

Decía la señora Larrabure: “Es duro seguir viviendo. Es duro seguir llevando este hogar . . . seguir adelante sola con una familia, con una casa”. Pero también decía: “Yo sufrí más durante el cautiverio que cuando me enteré de su muerte. No sé si podrá entenderme. Pero cuando me enteré de su muerte . . . sentí algo parecido al alivio. Sentí que él no sufría más . . . Su misión había terminado. Ahora, comenzaba la mía. La misión de aprender a vivir sin él, de vivir más para mis hijos, mañana para mis nietos; quizá la misión de muchas mujeres en distintos puntos del mundo, sólo que . . . es bastante difícil seguir de pie cuando le toca a uno”.

Verdad: es difícil cuando el dolor le toca a uno. Uno se siente débil, impotente, triste, desesperado, y a veces hasta rebelde . . . rebelde contra el destino, contra la vida; y algunos, contra Dios mismo.

Sin embargo, Dios comprende. Toma el caso como suyo y promete: “Tu pleito yo lo defenderé, y yo salvaré a tus hijos” (Isaías 49:25). Como dice el salmista, Dios se constituye en “Padre de huérfanos y defensor de viudas” (Salmo 68:5). La Escritura registra decenas de promesas y de mandamientos específicos para las viudas y los huérfanos, y para quienes se relacionan con ellos. Hasta llegar a decir que “la religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha en este mundo” (Santiago 1:27).

Dios conoce a fondo el tremendo dolor de la viuda y del huérfano. Conoce su desolación y su desesperanza. Pero no los ha dejado sin fuerte auxilio.

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09. “El Milagro Desmitificado”


Dadles vosotros de comer. . . (S. Marcos 6: 37).

Decía Edison que sus inventos eran “10% inspiración y 90% traspiración”. Con esa ingeniosa frase o “invención” –que así también se refiere la retórica a las ideas del discurso oratorio– Edison, que no ostentaba su inventiva, pretendía desmitificar lo que para otros parecía nada menos que milagroso: invenciones tan nuevas que cada una abría ventana a un nuevo mundo. Pero, al decir de Cicerón, “ninguna invención es perfecta al nacer”. Eso era harto sabido por el famoso inventor. Sus contemporáneos vitoreaban a Edison por sus exitosos inventos, pero él se felicitaba por construir cada uno sobre miles de intentos fallidos. La perseverancia tenaz fue la virtud que sacó de su genio los inventos, y era su principal legado al mundo, más que sus inventos.

Decía Edison: “Un descubrimiento es un rascar de uñas; no hay que darle importancia. Pero la invención es otra cosa; no se debe al acaso, sino a la tenacidad, a la voluntad de obtenerla. Un trabajo tenaz, para desarrollar una idea tenaz; he ahí el secreto del inventor”.

Preguntamos: ¿No pasará algo parecido con ese fenómeno que llamamos “milagros”? ¿Podrían éstos beneficiarse –o más bien nosotros– de otro desmitificar? ¿No será que los milagros son también “10% inspiración y 90% traspiración”? ¿Cabe decir del milagro lo que dijo Edison del invento? “El [milagro] no se debe al acaso, sino a la tenacidad, a la voluntad de obtenerlo. Un trabajo tenaz, para desarrollar una idea tenaz; he ahí el secreto. . .”. De ser así, ¿cuál es “el trabajo tenaz” o la “voluntad” que antecede el milagro?

Jesús dijo: “Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (S. Juan 6: 29). Si sufrimos limitaciones en nuestro obrar cristiano, son impuestas por la incredulidad personal y no por sentencia divina. Jesús nos dice: “Vé, y como creíste, te sea hecho” (S. Mateo 8: 13). La fe nuestra, o la falta de ella, determina nuestro universo de posibilidades. No le echemos la culpa a Dios, de lo que sólo nosotros somos culpables; ni revistamos con manto de piedad lo que no es otra cosa que pura incredulidad.

“Las obras que yo hago” –dice Jesús– “él [el creyente] las hará también”. No hay diminución en el teatro de operaciones aquí. Pero tiene que haber –al decir de Edison– “trabajo tenaz”. Hay que arriesgarlo todo, comprometerlo todo (hasta el pellejo), temer nada (ni el fracaso), volcarnos alma, cuerpo y espíritu a la misión y visión que Dios pone en la mente y el corazón. La fe obra las obras de Dios y Dios se especializa en lo imposible. Él dice: “nada os será imposible” (S. Mateo 17: 20).

Tomemos un famoso milagro de los Evangelios para ilustrar estos principios. En la lectura que sigue veremos el suceso extraordinario de la alimentación de los cinco mil.




El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará (Juan 14:12).

El milagro, como todo milagro genuino, comienza en el corazón de Jesús: “Y saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos. . .” (S. Marcos 6: 34). Para obrar los milagros de Dios hay que tener la óptica de su Hijo. Ver el mundo como él lo ve; sentir lo que él siente; unir nuestro corazón al de él. Los milagros son siervos e instrumentos del amor. Pero, el milagro como dijimos anteriormente exige fe, creer en lo que dice Jesús. ¿Qué dijo Jesús en este caso?: “Dadle vosotros de comer” (S. Marcos 6: 37). ¡Vaya orden esa! ¿Qué hacer? ¿cómo ejecutarla?

Lo primero que les vino a la mente era que necesitaban adquirir los medios que permitirían obedecer el mandato: “Ellos le dijeron: ¿Que vayamos y compremos pan por doscientos denarios, y les demos de comer?” (6: 37). Es típico, lógico y razonable pensar así. Cuando se yergue ante nosotros el descollante desafío que ya abrazamos como nuestro, vemos a todas luces que carecemos los recursos necesarios para realizarlo. Nuestras energías se desgastan en lo que alguien ha llamado “el parálisis del análisis”. Andamos nerviosamente de aquí para allá, nos arrascamos la cabeza y sacamos números y más números y toda la matemática suma a cero.

Jesús apunta a los discípulos no a lo que no tienen sino a lo que sí disponen. A la pregunta de Jesús, “¿cuántos panes tenéis?”, ellos –después de un minucioso inventario- replicaron: “Cinco panes y dos peces”. ¿De qué sirven cinco panes y dos peces cuando hay un ejército de gente que alimentar? Pero, Jesús les enseñaría la lección que es cuna de todo milagro: lo que hay basta y sobra cuando se tiene a Jehová de Pastor. David lo había dicho mucho antes: “Jehová es mi pastor, nada me faltará”. ¿Lo sabemos nosotros? ¿de verdad, lo creemos?

¿Cuáles fueron los resultados del milagro que nos ocupa? La Biblia dice: “Y comieron todos, y se saciaron. Y recogieron de los pedazos doce cestas llenas, y de lo que sobró de los peces” (S. Marcos 6: 42, 43).

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sábado, 11 de junio de 2011

08. “Lo Que No se Dice de los 10 Mandamientos”


Y habló Dios todas estas palabras, diciendo: Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre (Éxodo 20:1-2).


Es probable que hayamos estado citando incorrectamente los Diez Mandamientos. Los que nos los enseñaron cuando éramos niños, por lo general, dejaron de lado el versículo que Dios colocó al comienzo de la lista. Si lo eliminamos, el Decálogo se convierte verdaderamente en malas noticias; pasa a ser una lista de prohibiciones, un yugo de esclavitud. La gente, y hasta los sacerdotes y maestros, no han logrado comprender cuán importante es no omitir ese pasaje. Aún algunos que pretenden ser especialistas en predicar la ley de Dios, no lo han visto. Aquí está el versículo que debe hallarse al comienzo de toda versión correcta de los Diez Mandamientos: “Y habló Dios todas estas palabras, diciendo: Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre”
(Éxodo 20:1-2).

¡En otras palabras, Dios comienza dándonos Buenas Nuevas! Aquí hay cuatro verdades con el poder de la dinamita, que pueden conmover al mundo:

Primera: Dios nos revela su verdadero Nombre: “El SEÑOR”. En hebreo es Yavé (algunos lo han modificado y dicen: Jehová), un nombre muy especial que incluye algo bueno que necesitamos comprender. El nombre de Jesús en hebreo significa “Jehová salva”. Dios se identifica como “el Salvador del mundo” (S. Juan 4: 42). Nos dice: “Yo soy tu Salvador, tu Amigo. Estoy de tu parte. Aquí te traigo algo bueno”.

Segunda: Este versículo ignorado nos dice que él es Dios de todo ser creado: “Yo Soy el Señor tu Dios”. Ese “tu” se refiere a ti, quienquiera que seas. Quizás digas, “lo siento pero yo nunca lo he adorado, ni servido”. Pero a pesar de ello, Dios te dice: “Yo Soy . . . tu Dios. Te pertenezco. Ya vemos que antes que Dios pronunciara el primero de sus mandamientos, predicó el Evangelio en esas palabras preliminares.

Tercera: En su preámbulo, Dios nos dice que el Egipto espiritual no tiene por qué ser nuestra tierra. Esto es cierto aun cuando todos nacimos allí. La tierra de oscuridad no es nuestro verdadero hogar. Por eso Dios habla en tiempo pasado. Dice: “Yo . . . te saqué de Egipto, de casa de servidumbre”. Ya te ha librado; pero estás como un preso acurrucado en su celda, sin darse cuenta de que las puertas de su prisión están abiertas. El precioso mensaje de esta introducción a los Mandamientos debe llevarnos a exclamar: “Oh Jehová, ciertamente yo soy tu siervo, hijo de tu sierva, tú has roto mis prisiones” (Salmos 116: 16).

Cuarta: Dios ya nos ha sacado de la “casa de servidumbre”. Así como escogió a Israel para que fuera su “hijo”, del mismo modo nos ha escogido a nosotros en Cristo. Israel nunca fue verdaderamente “esclavo” en Egipto. Los egipcios los hicieron pensar que eran esclavos; por eso fueron, equivocadamente, esclavos. Pero, en realidad, eran un pueblo libre que sólo esperaba que Moisés les dijera la verdad: “¡Levántense y vayan a su propia tierra!”
Cuando Jesús fue bautizado en el río Jordán, se oyó una voz que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo contentamiento”.

¡Esa voz te abrazó a ti al mismo tiempo! ¡Todo esto va incluido en el maravilloso preámbulo de los Diez Mandamientos!

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07. “Franqueando la Brecha Generacional”


Examíname, oh Dios, y conoce mis pensamientos . . . (Salmo 139:23)

Muchos padres se quejan de sus hijos, porque éstos les contestan mal y son irrespetuosos y rebeldes. A su vez, los jóvenes consideran que sus padres no los comprenden; que no confían en ellos, ni respetan su individualidad. ¿Quiénes están en lo cierto? ¿Cómo cubrir este abismo entre padres e hijos? ¿Qué implicaría una actitud conciliadora?

Tiene 13 años. De día es estudiante de una escuela de comercio. De noche: blanco de cuchillo de su padre. . . porque ambos trabajan en un circo; ella, amarrada a una tabla giratoria y él, lanzándole hachas y puñales alrededor de su cuerpo. Cualquiera de los 40 lanzamientos a que se somete podría fallar y ensartarla; pero Nancy Lyescozki no se amedrenta. “Hay tantas cosas que temer en esta vida –dice con aplomo–, que no vale la pena tener miedo a los cuchillos”. Hasta le agrada ser “blanco de puñales”.

En otro sentido, sin embargo, a los adolescentes y a los jóvenes no les gusta sentirse apuñalados. Los hiere de veras ese dedo índice con el que los adultos apuntan a sus faltas y el tono absolutista de sus reprimendas y consejos. Viven un período difícil, cambiante. Momentos de conflicto que sus mayores no siempre saben captar ni aceptar. Al decir del Dr. Enrique Brantmay, “en cierta medida cada adolescente es realmente incomprendido. Se lo ha conocido como niño. Pero ha cambiado: ya no se lo conoce más. Se le impone en forma abusiva la imagen que se desea que él tenga. Se cree tan firmemente que logrará acomodarse a ese plan, que se dice: ´¡Lo conozco!´ Pero eso es un error. Todo hombre se forma a nuestras espaldas”.

Hay otros factores que inciden en la llamada brecha generacional; pero acaso el enfrentamiento entre conceptos y voluntades diferentes y aun opuestas es el más común, y a la vez el más difícil de resolver. Sin embargo, hay solución. Requiere, por cierto, un análisis sereno de nuestra personalidad y de la de nuestros hijos; pues cada uno es distinto y necesita y merece ser tratado como tal. Debemos también reconocer que no somos infalibles.

Quizá nuestra oración debiera ser como la del salmista: “Examíname, oh Dios, y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Salmo 139:23,24). Sólo así podremos disponer de la comprensión, humildad, y honestidad necesarias para el diálogo con el hijo. . . con la hija. . . con papá y mamá. . . con nosotros mismos. . . y con nuestro Padre celestial.

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miércoles, 8 de junio de 2011

06. Los de Arriba”


Difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos 
(San Mateo 19:23).

Mucha gente piensa que los ricos pueden obtenerlo todo, o casi todo. Por eso, los desprecia, los envidia, o los busca interesadamente. Pero pocos notan el drama que suelen ocultar los billetes. ¿Es realmente feliz el hombre rico? ¿Cuáles son sus verdaderas ambiciones? ¿Y sus necesidades? ¿Qué ocurre cuando el dinero ya no puede satisfacerles“  Los millonarios se defienden solos. A los humildes hay que ayudarlos sin cesar”. Así decía el abogado y periodista Eduardo Santos. Sin embargo, los ricos no siempre pueden defenderse solos. Ellos, como todos, no pueden impedir el peso de los años, ni de las circunstancias adversas; y hasta sufren más intensamente el drama de la soledad. El príncipe Carlos de Gran Bretaña, en una entrevista que concedió para un diario londinense, declaró: “A medida que pasan los años, más solo me encuentro”. Dijo además, que quienes buscan su amistad, a menudo lo hacen por un motivo determinado. Y Paul Getty, en su tiempo el hombre más rico del mundo, interrogado cierta vez acerca de lo que puede desear un hombre tan poderoso, contestó: “Tener diez años menos”. El dinero de los Kennedy tampoco pudo impedir la muerte y la enfermedad de varios miembros de esa familia. Ciertamente, hay cosas contra las cuales los ricos –tal como los pobres– no pueden defenderse solos.

San Pablo dijo que “raíz de todos los males es el amor al dinero” (1 Timoteo 6:10), y explicó: “los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición” (versículo 9). Ya Jesús lo había advertido: “Difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos” (San Mateo 19:23). El dinero es útil; es necesario. Las declaraciones que hemos citado no implican que todos los ricos son malos, ni más pecadores que los pobres. Abraham, aquel a quien la Biblia se refiere como “amigo de Dios”, era un hombre rico. Job, también lo fue. Y Salomón.  El caso no es ser o no ser un hombre rico. Lo importante es que las riquezas ocupen su verdadero sitio en nuestras vidas; y que por encima de los materiales, procuremos los valores eternos. Cuando Jesús señaló cuán difícil es para un hombre rico entrar en el reino de los cielos, agregó: “Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible”  (San Mateo 19:26).


El amor, la paz interior, y la inmortalidad son bienes demasiado caros para poder ser comprados con dinero. Pero Dios los regala a todo aquel que cree en Jesucristo. Ricos y pobres, los de abajo y los de arriba, podemos confiar. 

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05. Vitrina de su Amor”

*       


El que me ha visto a mí, ha visto al Padre (S. Juan 14:9).

Abrí la Biblia para leerle un versículo, y entonces sucedió; fue como si hubiera disparado un misil. Se lanzó de su asiento y cuando aterrizó, vino a parar tan cerca de mi cara que me sentí como domador de león, con la cabeza dentro del animal –salvo que, en mi caso, este ́leóń no tenía aspecto de estar muy ́domadó–. Salieron en estrepitosórugidó las siguientes palabras: “¡Cierra ese libro! ¡No abras ese libro!”

Ese hombre, que por su pelo rojizo y genio candente le llaman “El Colora (o)”, más tarde, ese día, me confesaría: “No sé lo que es amar”. Este cuadro no es más que un retrato de nuestro mundo actual; hostil a las cosas de Dios, pero sintiendo en el alma el vacío resultante de ese enajenamiento.



Para un mundo tal, Dios tiene un “de tal”, es decir, “de tal manera amó Dios al mundo...” (S. Juan 3:16). Las buenas nuevas del evangelio, el urgente y perentorio mensaje del cielo para todos y cada uno de los habitantes de este mundo: que Dios nos ama con un amor incomparable, con un amor de otro mundo.

Y todo ese amor está recogido y contenido en un solo envase cósmico, es a saber, en la persona de Jesús. El amor de Dios hecho carne y huesos. “Porque de tal manera amóDios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito...” El amor de Dios nos llega ́en Jesúś. Él es la vitrina donde ese amor de Dios fue mostrado y demostrado. Jesús afirmó: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (S. Juan 14:9).

Nuestro futuro yace en ese amor: “según nos eligió en él [Cristo], para que fuésemos santos y sin mancha... en amor”; “para que todo aquel que en él crea no se pierda mas tenga vida eterna” (Efesios 1:4; S. Juan 3:16).



La Biblia enfatiza que “por una justicia vino la gracia a todos los hombres” (Romanos 5:18). Todos estamos incluidos. “El Colora(o)” de nuestra historia abrió su corazón a ese amor de Dios en Jesús. Un día me pidió que me llevara todas sus botellas de whisky y ron (que eran muchas). Salí de su casa un tanto preocupado por el extraño cargamento que llevaba. ¡Qué dirían los que me vieran! Esa tarde se “emborrachó” la tubería de mi casa. ¡Qué habrá pensado el basurero, al ver tantas botellas de licor vacías en la casa de un predicador! Pero, ¡cuánto gozo en el cielo! ¡Cuánto amor en Jesús!



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viernes, 3 de junio de 2011

04. Autodisciplina del Animo”

Siendo manifiesto que sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón.  
(2 Corintios 3:3).
Desde el ABC de Madrid, Gonzalo Fernández De La Mora afirmaba que “las consecuencias más graves y espectaculares” del “vacío moral” son “el desorden de las costumbres y el incremento de la angustia vital”. Pero, también dudaba de la eficacia de la imposición de reglas y dogmas. ¿Cómo –entonces— resolver este conflicto? ¿Podrá lograrse que la moral libre resulte en vidas ordenadas, productivas, y por ende, gozosas?

–Mamá, ¿esta artista de cine, tiene niños?. . .

–Di, mamá, ¿esta actriz que sale en esta revista, tiene niños?

La pregunta –a la que alude Natalia Figueroa en su artículo: “Vergüenza ajena”– refleja en su insistencia la inquietud creciente de un niño de once años que hojea una revista, en cuyas páginas descubre fotografías de actrices en poses y ropas provocativas. Por tercera vez va. –Oye, mamá, esta señora ¿tiene algún hijo? La madre, que antes ha contestado distraídamente, siente ahora curiosidad: “¿Por qué te interesa tanto saber si las artistas tienen o no tienen hijos?” El niño calla. “¿Por qué me preguntas siempre lo mismo? ¿Por qué te importa que las artistas tengan hijos?” Al fin, el chiquilín contesta. –¡Qué vergüenza debe pasarse en el colegio siendo el niño de esas señoras!

El niño ajeno a aquellas madres sufre por los hijos de ellas. Pero su sufrimiento y el de los otros niños no surten efecto. Porque el que su actitud afecte a otros rara vez promueve cambio alguno en quienes, justamente por no pensar más que en ellos mismos, hacen sólo los que les da la gana, porque les da la gana. Lo paradójico, sin embargo, es que tampoco ellos son felices.

Según Fernández De La Mora, el vacío moral de nuestra sociedad requiere “no unos mandamientos dictados, sino íntimamente redescubiertos. No unos vetos externos, sino una autodisciplina del ánimo”. Y esto es y fue siempre necesidad. De ahí que el propósito de Dios es: “Porque pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que ... guardéis mis preceptos” (Ezequiel 36:27). La moral, amigo lector, sólo tiene sentido y eficacia cuando no es por pose ni imposición; cuando –por la aceptación voluntaria de Jesucristo como Salvador y Guía de nuestras vidas– la ley de Dios nos es escrita “no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo, no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón” 
(2 Corintios 3:3).

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03. “El Testimonio de Jesús”

Vosotros escudriñáis las Escrituras, pues en ella pensáis que tenéis vida eterna, mas ellas son las que dan testimonio de mí (S. Juan 5:39).
 Decía Karl Barth que leer la Biblia es como asomarse a la ventana y ver que toda la gente de la mira hacia el cielo, contempla algo que nosotros no podemos ver desde el interior. Todos señalan hacia arriba, pronuncian palabras extrañas y se muestran excitadísimos: algo que está más allá de nuestro campo visual ha captado su atención e intenta llevarlos “de un lugar a otro, siguiendo un plan extraño, intenso, incierto y, a pesar de ello, misteriosamente bien trazado”. Leer la Biblia equivale a tratar de leer lo que expresan esos rostros. Escuchar las palabras bíblicas es procurar aprender la extraña, peligrosa y obligante palabra que ellos parecen escuchar.

Abrahán y Sara, por cuyas ancianas mejillas corren lágrimas de alegría incrédula cuando Dios les dice que cumplirá su promesa y les dará el hijo que siempre han anhelado; el rey David que, en su alegría, danza semi-desnudo delante del arca; Pablo, herido por un rayo en el camino de Damasco; Jesús, crucificado entre dos pillos, con el rostro escupido por la soldadesca romana: todos ellos miran hacia arriba, y escuchan.

¿Cómo puede el hombre del siglo XXI, con todas sus inhibiciones, tratar de ver lo que ven y de oír lo que oyen? Alguien ha recomendado al lector de la Biblia a que no se lance en busca de las respuestas que da, antes de tomar tiempo para escuchar las preguntas que formula. Todos nosotros tenemos dudas y preguntas que hacer a propósito de cosas que hoy interesan mucho, pero que mañana ya se habrán olvidado: los dónde, cómo y por qué surgidos día tras día en casa y en el trabajo. En cambio tendemos a olvidar dudas y preguntas que siempre importan: vitales interrogantes acerca del significado, el propósito y el valor de la existencia.

Así pues, quizá la razón más importante de que convenga leer la Biblia es que tal vez en alguna de sus páginas aguarde al lector la pregunta que, aunque cuando haya fingido no escuchar, constituye el eje de su existencia. 

Tales como:
¿De qué le sirve al hombre el ganar todo el mundo, si pierde su alma?  
(San Mateo 16:26)

¿Qué es la verdad? (San Juan 18: 38) 

¿Qué debo yo hacer para conseguir la vida eterna? (San Lucas10:25)


La respuesta a estas y otras preguntas nos llevarán indefectiblemente a Jesús. Él declara: “Vosotros escudriñáis las Escrituras, pues en ella pensáis que tenéis vida eterna, mas ellas son las que dan testimonio de mí” (S. Juan 5:39).

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viernes, 27 de mayo de 2011

02. “Cuando Los Hombres Lloran”


Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación (S. Mateo 5:4).

Llorar, ¿es cobardía? ¿Escape? ¿Un signo de debilidad? ¿Por qué lloramos? ¿Hay llanto que sirva para algo?
“¿Quién dijo que sea cobardía llorar cuando hay motivo sobrado para ello?” La pregunta del escritor Fermín Mugueta aludía al llanto de un hombre, un vietnamita fugitivo que, con la mochila a las espaldas y los hombres vencidos, procuraba marchar hacia adelante aunque sentía que caminaba para atrás. No, llorar no es cobardía. Al menos, no lo es siempre. Hay lágrimas cuyos motivos son legítimos, y las hay también de las otras. Por fuera todas se parecen, pero por dentro no. A menudo, en nuestro egoísmo y en nuestro afán de vernos buenos, adjudicamos a nuestras lágrimas los motivos mejores, y reservamos los otros para las lágrimas ajenas.

Jesús dijo: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación” (S. Mateo 5:4). Pero ¿incluye su promesa a todos lo que lloran? Según Carlos Allen –autor del libro La psiquiatría de Dios– Cristo, al decir esto, no tenía en mente “al pesimista que constantemente está esperando que suceda algo malo, ni al egoísta cuyas ambiciones se han frustrado, ni a la persona amargada y rebelde por haber perdido alguna cosa”. Él se refería a aquellos que lloran porque reconocen que han ofendido a Dios o a una persona, y sufren por el daño que han causado. Nosotros, a veces confundimos este llanto. Creemos estar arrepentidos de haber procedido mal, pero lo que nos duele en realidad no es eso, sino el temor a las consecuencias que nos acarreará nuestra conducta. Tal fue la clase de arrepentimiento que condujo a Judas al suicidio. Produjo angustia y miedo, pero no esperanza ni liberación.

El arrepentimiento verdadero fue el que movió a Pedro a llorar después de haber negado a Cristo, sin negarlo después de haber llorado. Fue el suyo un dolor constructivo, esperanzado. Pedro, en vez de ahorcarse, decidió reparar su daño, entregarse a Jesús de todo corazón, y vivir para él el resto de su vida. Este es el tipo de arrepentimiento que produce paz y alegría. Sus lágrimas –como dijera Elena White-- son “las gotas de lluvia que preceden al brillo del sol de la santidad. Esta tristeza es precursora de un gozo que será una fuente viva en el alma” (El Deseado de todas las gentes, pág. 268).

No por nada Cervantes creía que “un buen arrepentimiento es la mejor medicina que tienen las enfermedades del alma”.
 ¿Hemos probado esta “medicina”? 


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01. ¿Hay Lugar Para Mí?



¿Tenemos acaso parte o heredad en la casa de nuestro padre? (Génesis 31:14)

No hay dolor tan difícil de soportar como el que siente quien se ve desvinculado de todos, sin nadie a quien “pertenecer” en una entrega inquebrantable de amor y fidelidad. La libertad aparente de quien no tiene raíces en ninguna parte es un doloroso engaño.
Hubo dos muchachas cuyo padre era frío y distante, y las hacía sentirse huérfanas. Era muy buen proveedor para la familia: buena casa, dinero en abundancia, pero al igual que muchos casos de hoy, escasez de amor. Las hijas no se sentían vinculadas a su padre por lazos afectivos, y sufrieron severas privaciones emocionales, aún después de haberse casado.

Estas dos hermanas se llamaban Raquel y Lea, y el nombre del padre era Labán. Su triste historia está registrada en la Biblia, en el capítulo 31 de Génesis. El padre tenía el corazón tan duro que estaba dispuesto a dejarlas ir del hogar sin darles parte en la herencia, a pesar de ser lo que hoy llamaríamos un millonario. Las dos pensaban qué podrían hacer. La pregunta que se hacían era: “¿Tenemos ya parte o herencia en la casa de nuestro padre?”
Ellas pensaban en “la casa” de su propio padre. Pero nosotros nos referimos aquí a la casa de un Padre mucho mayor. En el Padrenuestro, la oración modelo, Jesús nos invita a todos a considerar a Dios como nuestro Padre que está en el cielo. La Palabra de Dios enseña que todos llevamos en nuestro corazón esa profunda convicción que nos ha sido impartida por el ministerio del Espíritu Santo. El diablo puede esforzarse por hacernos olvidar que tenemos un Padre rico en el cielo, y que allí está nuestra herencia; esta convicción permanecerá arraigada en nuestro corazón, a menos que resolvamos deliberadamente expulsarla de allí. Por lo tanto, si Dios es tu Padre –y ten por cierto que así es– entonces es un hecho que tienes lugar en su casa.

“En la casa de mi Padre hay muchas moradas”, dijo Jesús en S. Juan 14:2.

Sí, hay lugar para ti.


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